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Stalin, biografía de un dictador soviético

Stalin pasará a la historia como uno de los grandes personajes del siglo XX. Uno de esos seres nacidos para cambiar el curso de la Historia sea para bien o mal y transformar política y culturalmente una buena parte del mundo.

Lejos de ver su influencia solamente en el particular universo soviético de la época, sus ideas y acciones alcanzaron a gran parte de la Europa del Este y, por ende, al resto de Europa.

Jossif Vissarionovich Dzhugasvili era su nombre real. Nacido en Gori, en Georgia, en el año 1879 tuvo una infancia dura marcada por el caracter de su padre, un zapatero pobre y normalmente borracho, y por el fallecimiento de su madre cuando aún era un niño.

En una época difícil, de continuas tensiones y de luchas y enfrentamientos con el poder absoluto de los zares, hubo de ingresar en un seminario, pero sus tendencias e ideas revolucionarias pronto le granjearon la enemistad de muchos y le valieron la expulsión del mismo cuando sólo contaba con 20 años, en el año 1899.

Su destino comenzó a forjarse con el nacimiento del Partido Social Demócrata al que se unió en el año 1903. Pero extremista como ninguno, lo hizo asociándose a su facción más dura, la bolchevique, que por entonces presidía un emblemático Lenin.

Fueron los años en que su carácter le valieron el apodo con el que sería conocido para siempre, Stalin (traducido: “el hombre de acero”).

La sociedad rusa se hundía en una espiral sin retorno. Acuciadas por la pobreza y el hambre, las clases más bajas exigían cambios que no llegaban. El zarismo y su política internacional asfixiaban la economía nacional y sus leyes rayaban a veces el puro despotismo irracional que emana de quienes durante siglos ostentan el poder.

La entrada de Rusia en la Primera Guerra Mundial supuso un duro golpe para esas clases minoritarias, y lejos de ahuyentar o hacer olvidar los problemas internos, no hicieron sino convertir el país en un polvorín aún más candente.

La revolución rusa estaba por llegar, y 1917 supuso el espaldarazo definitivo para la facción bolchevique de la que poco a poco Lenin y Stalin, junto con el denostado Trotski, se alzaban como cabezas visibles.

Precisamente, su amistad con Lenin le valió a Stalin el cargo de Secretario General del Partido. Sin embargo, una vez más, sus ideas, aún más extremas que las del propio Lenin, comenzaron a hacer sospechar al gran líder que igual él no era el candidato idóneo para sucederle. Trotski, mucho más comedido y sensato, pero a la vez firme, parecía estarse convirtiendo en el favorito.

En 1924, el fallecimiento de Lenin desencadenó la lucha por el poder en la Unión Soviética. Lenin había designado a Trotski como su sucesor natural ya que a Stalin, según sus palabras, lo veía “demasiado cruel”. Sin embargo, Stalin dirigía el partido desde su Secretariado, lo conocía perfectamente y, sobre todo, controlaba las fuentes de información del mismo.

Su autoritarismo y, sobre todo, su crueldad, le valieron en este caso, amén de su amistad con Zinoviev y Kamenev, otros dos brazos fuertes del partido, para finalmente hacerse con el dominio del partido y paralelamente, convertirse en el número uno del país.

Comenzaba así su era de terror. El absolutismo contra el que tanto había luchado lo puso en prácitca él mismo cuand comenzó a eliminar a todos cuantos se opusieran a sus ideas y dictámenes. Trotski fue exiliado en 1929, y finalmente asesinado en 1940. Igual camino llevaron Zinoviev y Kamenev, que cueriosamente, le habían ayudado a tomar el poder.

Al frente de la URSS en solitario, y temido por todos, Stalin pudo al fin dirigir de la forma más cruel y totalitaria que se haya conocido.

Poco a poco eliminó todo mínimo rastro de las pocas ideas democráticas que estaban en la base bolchevique. Impuso la colectivización agrícola, exterminó a pueblos y razas enteras por su simple oposición al régimen y sometió al país a una disciplina severísima.

Por contra, y aún a costa de sacrificar a la población, consiguió hacer de la Unión Soviética una potencia mundial. Su rápida industrialización, la explotación de los recursos energéticos y su gran victoria en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial (a pesar de la pérdida de millones de vidas soviéticas) lo colocaron como una figura relevante en el ámbito internacional.

Lejos de actuar por el bien de su pueblo, su objetivo era única y exclusivamente hacer de la URSS un gran bloque que lo mismo podía unirse con la Alemania de Hitler, que moverse en el bando contrario.

Sus despóticas actuaciones valieron uno de los cambios históricos más importantes del siglo XX: la divisón de Europa en dos, la Occidental, y la Oriental, la que se ocultaba tras el frío Telón de Acero.

El mundo pasó a estar dividido en dos bloques, el dirigido por Estados Unidos, y el encabezado por la extinta Unión Soviética. Y con él, aparecía un nuevo orden sustentado por la Guerra Fría.

Stalin murió en Moscú en el año 1953. Sus restos yacen hoy día en las Murallas del Kremlin.