Catalina La Grande, la zarina que derrocó al zar

la zarina catalina

Catalina la Grande, una de las más populares zarinas, no era rusa como la mayoría de la gente cree. Esta mujer, a la que persigue una fama de lujuriosa,  se crió en Alemania, con un par de vestidos y media docena de viejos camisones. Sin embargo, con el tiempo, logró convertirse en soberana rusa y gobernar sobre millones de súbditos.

Sofía Federica Augusta de Anhalt-Zerbst, tal era su verdadero nombre, nació en Settin el 2 de mayo de 1729. A pesar de pertenecer a una familia aristocrática, su infancia no fue precisamente feliz: su madre, que ansiaba el nacimiento de un niño, se mostró indiferente antes las llamadas de atención de la joven Sofía. A pesar de todo, recibió una formación académica y cultural inmejorable y pronto empezó a interesarse por los escritos de Montesquieau, un autor que la marcaría profundamente.

El destino la escogió para convertirse en la esposa del gran duque Pedro, nieto del zar Pedro el Grande y heredero al trono ruso. Así, Sofía abandonó su tierra natal y se machó a San Petersburgo, donde decidió convertirse a la religión ortodoxa y cambió su nombre por Ekaterina (Catalina) Alexeivna.

La boda de Pedro y Catalina es recordada como una de las más fastuosas y lujosas de las que se recuerdan entre todos los actos de este tipo a lo largo de la Historia. A ella acudió la élite de la aristocracia y la realeza europea.

Catalina quiso demostrarle a su nuevo pueblo su valía como futura soberana y aprendió el idioma ruso a una velocidad pasmosa. Mientras cultivaba su mente y su intelecto, su matrimonio con el gran duque era ya poco más que una farsa. Él, aquejado de fimosis, dedicaba su tiempo libre a jugar con soldaditos de plomo y a perseguir a las doncellas de palacio, mientras que la joven y fogosa Catalina tuvo que soportar ocho años de virginidad.

La no consumación del matrimonio empezaba a preocupar a la zarina Isabel (madre de Pedro) quien deseaba, necesitaba y exigía un heredero para el trono de su país. Ni corta ni perezosa, decidió tomar cartas en el asunto y ella misma eligió al amante oficial de Catalina, el apuesto  Sergey Saltykov. De esta relación adúltera nacería Pablo, futuro zar de Rusia, poniendo así fin al problema sucesorio.

En 1762, Pedro sufrió un golpe de estado apoyado por su mujer, quien con ayuda de la guardia imperial y de los hermanos Orlov, derrocó a su marido y accedió al trono. Mujer erudita, se comunicaba con frecuencia con intelectuales de la talla de Voltaire y Diderot. Las gestiones de la nueva zarina fueron exitosas: Rusia se convirtió en la primera potencia del este de Europa. Fortaleció las estructuras internas del Estado pero cometió el error de conceder a la aristocracia un poder casi ilimitado que, prácticamente, convertía a la servidumbre en esclavos.

La política exterior de Catalina llevó al país a diversas guerras que afianzaron la hegemonía rusa. Así, intervino en el primer reparto de Polonia, conquistó Lituania y fundó las ciudades de Sebastopol y Jerson.

Debido a su estrecha unión con el movimiento de la Ilustración, se dedicó a crear universidades y escuelas por todo el país. Obras suyas fueron los primeros colegios para mujeres.

Al tiempo que dirigía con firmeza su país, Catalina fue una gran coleccionista de amantes, entre los que destacan Gregory Orlov y Gregory Potemkin quienes, además de compañeros de alcoba, se convirtieron en consejeros de la zarina.

La coqueta Catalina se disponía a regalarse un buen baño cuando la muerte la sorprendió. Una apoplejía acabó con su vida en cuestión de minutos. Pero, ni tras su muerte, Catalina La Grande se sintió sola: su funeral fue uno de los más concurridos que se recuerdan pues, a pesar de sus errores, esta zarina quiso enseñarle a Rusia el camino hacia la modernidad.

Print Friendly, PDF & Email

Tags: ,





Top