Temístocles, el salvador de Grecia

Temístocles

Salvó a Grecia obligando a los atenienses a ser marinos, escribió de Temístocles el historiador Heródoto. Salvó a Grecia, sí, con su liderazgo en la crucial batalla de Salamina. Al mismo tiempo puso los cimientos para el ulterior imperio naval de Atenas.

Y sin embargo, Temístocles acabó sus días en Asia, al servicio del rey persa, repudiado por los suyos. Hoy nos detenemos en una figura fascinante (¡qué época, por dios!), llena de claroscuros, ambigua, pero sobre la que, al final, destaca la audacia, el genio y el patriotismo.

Nacido en torno a 525 a.C., su origen era humilde, nada que ver con esos glamurosos linajes de los políticos que habían gobernado los designios de Atenas hasta entonces, o incluso con los que, en tiempos ya absolutamente democráticos, habrían de gobernarlos, como fue el caso de Pericles.

Pero, fogoso, osado, tal vez demagogo, Temístocles fue escalando posiciones y haciéndose un nombre. En 493 ya era arconte y pocos años después tuvo un destacado papel en la batalla de Maratón.

Para entonces ya era el líder de la facción popular (y populista) de Atenas, lo que le granjeó la hostilidad de los jefes conservadores. Su gran rivalidad fue Arístides, al que consiguió enviar al ostracismo en 482.
Antes había logrado dos importantes victorias personales, y decisivas para el futuro de Atenas: propuso la sustitución del puerto de Falero, demasiado dócil a tempestades y ataques bélicos debido a su geografía abierta, por el Pireo, donde se empezó a construir un puerto de puertos que se reveló fundamental para la inminente talasocracia ateniense.

En segundo lugar, convenció a sus compatriotas para que el producto (o sea, los jugosos beneficios) de las recién cubiertas minas de Laurion no redundase en los patrimonios particulares, sino que fuesen destinadas a la construcción de una flota.

La primera gran flota de Atenas: 200 trirremes. Aquello fue una genialidad. Porque muy pronto, en 480 a.C, la flota habría de descubrir su potencial. Jerjes penetró en el continente con un ejército asombroso. De repente, los griegos tienen que decidir si seguir con sus miserables batallas internas, con sus pequeñas componendas que llevaban a algunas poleis a seguir la corriente de los intereses persas, o resistir al invasor.

Temístocles es uno de los artífices de ese espíritu panhelénico, consiguiendo que muchos griegos lo fuesen por sus acciones, no por solamente por su lengua. A la par, mantuvo una actitud dentro de Atenas que lo elevó a la categoría de genial estratego.

¿Cómo sucedió eso? Persuadiendo a los atenienses para que tomasen una dolorosa decisión: abandonar la Ciudad ante el avance del ejército persa. No fue fácil. La idea de Temístocles era evacuar a mujeres y niños, y reunir a los hombres en las trirremes, o sea, en el mar, dejando Atenas vacía.

El general, tal vez iluminado ante la profecía de Delfos (la oportunidad para los griegos estaba en “refugiarse tras muros de madera”), consiguió convencer a los suyos y al resto de aliados, que tampoco tenían nada claro su estrategia. Pero Salamina significó para Grecia la rúbrica de su poder colectivo, la confirmación de su supervivencia, el comienzo de su hegemonía política en el Mediterráneo.

También para Temístocles representó el cenit de su popularidad. Paradójicamente, pasado el peligro persa, muchos conciudadanos le pasaron cuentas (¿nos suena esta cortedad de miras?). Que si habían pasado penurias económicas por no tocar la plata de las minas, que si esto, que si lo otro. Al final, Temístocles sufrió el ostracismo.

Vagó por varias ciudades griegas hasta acabar, oh destino irónico, presentándose ante el hijo de Jerjes, Artajerjes, quien, fascinado por la figura de Temístocles, lo hizo gobernador de varias ciudades. Pero Temístocles no duró mucho en el cargo y murió (¿suicidio?) en 459, a los 65 años.

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