Luis XIV, el Rey Sol

Luis xiv

“El Estado soy yo” exclamó Luis XIV, el soberano que mejor representa la monarquía absoluta de la historia europea (como bien recordaba Perry Anderson en su obra ya clásica de El estado absolutista).

Luis XIV también resume el ascenso de Francia como gran potencia… pese al relativo fracaso final, como anotaremos más adelante. Pero, en primer lugar, hemos de recordar que el Rey Sol no tuvo unos inicios fáciles para brillar en el cielo regio que, él pensaba, le correspondía por naturaleza.

En 1637 tanto Luis XIII, rey de Francia, como Ana de Austria, su esposa, se acercaban peligrosamente a los 40. Llevaban más de 20 años casados y no tenían descendencia, lo que no debería sorprendernos si tenemos en cuenta el comportamiento misógino que el rey respecto de su esposa.

Pero un temporal, una noche obligada en el palacio del Louvre y, al parecer, la insistencia de un capitán para que el rey durmiese con la reina tuvo las consecuencias por muchos deseadas: Ana de Austria se quedó embarazada. El 5 de septiembre de 1638 nació el niño, el futuro Luis XIV. Y en 1643 desaparecía su padre, Luis XIII, quien ciertamente ya era consciente de la grandeza de su destino real, rasgo que luego su heredero elevará hasta niveles inusitados.

Entre 1643 y 1648 el futuro Rey Sol vivió bajo la tutela de su madre, la reina regente. A su vez, Ana de Austria se apoyaba en el cardenal Mazarino, el hombre fuerte de la década en los asuntos de estado. Pero los acontecimientos se complicaron en 1648 cuando se iniciaron las revueltas de la Fronda, la guerra civil encabezada por la nobleza contra el centralismo impulsado por Mazarino.

La Fronda puso en grave peligro a la familia real, obligada a una vida errante cuando no secuestrada de facto en el Palais Royal (así sucedió dos veces: en 1649 y en 1651), mientras que el propio Mazarino, extranjero, se vio forzado a dejar Francia. Los historiadores ven en las penalidades pasadas entonces por el joven heredero su futura desconfianza hacia París y los grandes nobles.

Amainados los ánimos y sofocada la revuelta, el cardenal Mazarino regresó a París en 1652. Luis XIV ya era rey a todos los efectos, sin embargo, durante casi diez años actuó a la sombra tanto de su madre como de Mazarino, convertido en su maestro e instructor político.

Luis XIV pasó los años finales de su adolescencia y los primeros de su juventud entregado a los juegos cortesanos, a las pasiones amorosas, al deporte, a la caza. Pero cuando Mazarino murió en 1661, decidió coger el toro por los cuernos y asumir todo el protagonismo.

Así lo comunicó a ministros y aristócratas convocados por él mismo el 10 de marzo de 1661. Fue una sorpresa para todos, que pensaban que el monarca, casado un año antes con María Teresa de Austria (hija de Felipe IV), seguiría con su vida relajada nombrando otro favorito. Nada más lejos de la realidad. Luis XIV se hizo con el control absoluto de su gobierno. Sus ministros no pasaban de ser eficientes (algunos) secretarios encargados de las cuestiones más técnicas, como Colbert.

Y, ay de quien soñase eclipsar la gloria del monarca. Quien se atrevía a tal cosa acababa como el ambicioso Fouquet: arrestado, desterrado y recluido a perpetuidad.

En 1682 la corte se mudó de forma oficial a Versalles. Al amparo de la grandeza regia se desarrollaría uno de los escenarios más fastuosos de Europa. Versalles se convirtió en el símbolo del poder absoluto del monarca. Sin embargo, Luis XIV, que había unido toda Francia bajo su poder, fracasó en parte en su intención de extender internacionalmente el imperialismo francés.

Las conquistas exteriores, en Europa y en el mundo, fueron costosas y poco duraderas. A su muerte, el Rey Sol dejaba una Francia arruinada y convulsa, con multitud de frentes abiertos, pero convertida para siempre en una referencia cultural y estética.

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