Azaña, el nombre de la II República Española

Azaña

Las fotos más conocidas nos lo muestran regordete, calvo, serio, circunspecto. Durante años a quienes en España se acercaban a su retrato los enseñaban a buscar unos rasgos diabólicos en su rostro. ¿Por qué ese inmediato odio visceral que el régimen in pectore mostró con Azaña? Porque Azaña era el símbolo, la encarnación humana de la legalidad republicana. Si Dios se hizo carne en Jesucristo, glosando el relato bíblico podríamos decir que la República se personificó en Azaña. Azaña era la República. Tan fuerte, tan débil.

Pero ese señor tan importante en nuestra reciente Historia, no siempre fue así. Lo nacieron como a cualquier otro y tuvo una infancia como la tenemos todos.

Sí, Manuel Azaña vino al mundo (curiosa expresión) en Alcalá de Henares en el buen año para los turrones de 1880, en el seno de una familia liberal. En 1900 se doctora en Derecho y once años más tarde lo encontramos en París con una beca de la Junta de Ampliación de Estudios.

Sólo en 1913, a la edad mesiánica por excelencia, inaugura su historial político al afiliarse al Partido Reformista de Melquiades Álvarez, pero ni en 1918 ni en 1924 logrará acta de diputado. La pulsión literaria, que aleteaba en él desde joven, parece que merece mejor fortuna: en 1920 funda la revista La Pluma, seis años más tarde es Premio Nacional de Literatura y poco después publica su más que recomendable novela autobiográfica El jardín de los frailes.

Nos acercamos a la decisiva década de los 30. ¿Qué era España en 1930? Desde fuera sin duda una suma de catecismo, señoritos, militares enpolillados, reyes pusilánimes y ciertas ansias ruidosas pero minoritarias de sindicalismo anarquista, por decir algo. Resulta que la identificación de la monarquía con la dictadura de Primo de Rivera había manchado a la institución. Cuando el general tiene que abandonar el poder, Alfonso XIII sabe que uno de sus motores ha estallado. ¿Aguantaría en el aire el avión monárquico? La respuesta es no.

Azaña participa en el llamado Pacto de San Sebastián (1930) en el que líderes de las ideologías más distintas preparan el día después de la monarquía. Ese día llega en las municipales de 1931, cuando las candidaturas republicanas se imponen en la mayoría de las ciudades. Alfonso XIII decide abandonar España y el 14 de abril se forma el primer gobierno provisional de la II República. Los ministros fueron literalmente puestos en el sillón ministerial por una multitud entusiasmada que nos recuerda lo mejor y más luminoso del pueblo de Madrid.

Azaña es Ministro de la Guerra en 1931. Se atreve a un intento de reforma en el carpetovetónico ejército español. Pero los acontecimientos se suceden vertiginosamente: en octubre tiene que sustituir a Alcalá-Zamora al frente del gobierno.

Funda Izquierda Republicana en 1934, cuando la derecha hipócritamente republicana recupera el poder. A finales de 1935 Azaña se convierte en el instigador de la acción conjunta de las fuerzas democráticas de la República. Nace el Frente Popular, que vence en las elecciones del 36. En mayo, Azaña es elegido presidente de la República.

De lo que viene a continuación, ¿para qué repetir el relato de una traición? Todos sabemos como acabó el golpe con el que los militares hicieron su propia campaña de verano. Los obispos bendecían los fusiles, Millán Astray gritaba ¡Viva la muerte!, todos se dejaban enloquecer por el dudoso virtuosismo de ensuciarse las manos con sangre… menos Azaña, muerto a secas, sin mayor decorado que la tristeza, en Montauban, sur de Francia, 1940.

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