Aspasia, filósofa y meretriz de la Antigua Grecia

Aspasia y Pericles

Recientemente, en este mismo blog, se ha recordado la figura de Sócrates. Poco hay que decir acerca del maestro de Platón. Si la polis mostró su cara más vil al condenarlo, la historia ya lo ha redimido hace tiempo. Un contemporáneo suyo, empero, gozando de gran popularidad en vida (bien que la rodease una enorme polémica), no ha tenido la socrática suerte. Aunque se lo haya intentado rehabilitar varias veces, poco sabemos fidedignamente acerca de este personaje. No es de extrañar: era una mujer. Aspasia.

Grecia, el mediodía de nuestra cultura, cuna de hazañas casi mitológicas y de hombres que hoy nos parecen semidioses, estaba lejos de ser una sociedad perfecta. Sabemos el insignificante papel representado por las mujeres. Incluso como objetos estéticos del amor, los muchachos varones eran preferidos por los grandes poetas. Pero de entre la gran sombra de anonimato inducido que caracteriza al mundo femenino de los griegos, se destaca la personalidad de Aspasia, la mujer más influyente del siglo V antes de nuestra era, el siglo de Pericles…y de Aspasia.

¿Quién era Aspasia?…

Originaria de Mileto (ciudad del Asia Menor), establecida en Atenas en torno al 450 siendo todavía muy joven, la rumorología cuenta que su belleza causó sensación. Algunas fuentes señalan que se dio a conocer como matrona de un selecto burdel ateniense, frecuentado por los grandes hombres del momento (los griegos solían idealizar el amor recurriendo a un varón joven, pero luego sentían ciertas necesidades fisiológicas, y la mayoría parece que optaba por las mujeres profesionales; en cualquier caso, las esposas quedaban siempre en un soporífero segundo plano). Recuérdese, sin embargo, que las prostitutas de lujo eran las mujeres más libres, independientes e instruidas de la Antigüedad.

Pericles, el gran hombre que da nombre a un siglo, fue uno de aquellos subyugados no sólo por la hermosura de Aspasia, sino principalmente por su refinamiento, su cultura, su inteligencia. Pericles estaba casado y tenía dos hijos. Poco importaba. Se divorció de su esposa y se unió a Aspasia, a la que casi doblaba en edad y con la que tuvo un tercer hijo. A partir de aquí, la sociedad ateniense más conservadora se hizo eco de toda clase de chismes y rumores. Era un escándalo el comportamiento de esa extranjera, que por encima había seducido al principal estratego de la época.

Los autores menos malévolos confirman que los encantos de Aspasia iban mucho más allá de su físico. Se cuenta que su casa era escenario de brillantes reuniones en las que políticos, filósofos, artistas y poetas admiraban las cuidadas maneras de su anfitriona. Aspasia no era una simple oyente, rodeada de hombres tan ilustres como el mismo Sócrates, sino que llevaba la voz cantante. Así, es posible incluso que en el Banquete, el diálogo platónico sobre el amor, Aspasia aparezca disfrazada en el papel de una misteriosa mujer llamada Diotima, cuyo discurso sobre Eros es por cierto una maravilla.

Consejera del mismo Pericles, pues, los atenienses la acusaron de ser la causante de la Guerra del Peloponeso. Antes ya la habían acusado de ateísmo, pero la salvaron las artes oratoria y persuasivas de Pericles. El estratego, sin embargo, iba a desaparecer a causa de la peste al poco de comenzada la conflagración entre griegos. Desaparecido el gran hombre, la gran mujer que siempre alienta por detrás también se difumina. Como el rostro dibujado sobre una arena demasiado próxima a las turbulentas olas del mar de la historia. Eso han sido siempre las mujeres vistas por la Historia: rostros sobre la arena.

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