Alejandro Magno, el más audaz

Alejandro Magno

Hijo del rey Filipo II de Macedonia, Alejandro III, común y justamente llamado Alejandro Magno, fue el más audaz de cuantos líderes, caudillos militares o conquistadores ha habido en la historia. Nacido en el 356 a.C. su reinado provocó un terremoto de tales dimensiones que su figura al instante se convirtió en leyenda. Porque nunca tal ambición se había visto hasta entonces, ni semejante aventura llegaría jamás a repetirse.

Alejandro ha sido el espejo en el que los grandes personajes posteriores se han mirado, muchas veces en vano. César, Augusto, Napoleón…sin embargo, el propio Alejandro no se fijaba en los reyes que lo habían precedido, sino en los héroes homéricos. Aspiraba a superar a un Héctor, a ser no menos que un Aquiles. Ese libro de batallas, victorias y gallardías que es la Ilíada lo acompañó durante su periplo asiático: sabía de memoria muchas de sus estrofas.

Porque Alejandro había tenido los mejores maestros en su infancia. Luego, a los trece años, se lo considera preparado para una educación superior. Aristóteles, el filósofo griego cuya familia se relacionaba desde antiguo con la familia real macedonia (al principio como profesionales de la medicina, luego incluso se desarrollan ciertos vínculos de amistad) se hará cargo del impetuoso joven. Apenas lo tendrá a su cargo unos tres años, en los que le suministra conocimientos científicos, históricos, geográficos. Pero como comprobaría más tarde el filósofo, el joven Alejandro había sido impermeable a sus concepciones políticas, “trata a los griegos como hombres libres, a los bárbaros como esclavos” le había dicho. Alejandro no le hizo caso.

Hay una anécdota de los años adolescentes de Alejandro que muestra el temperamento del entonces príncipe. La narra Plutarco. El indómito caballo Bucéfalo es ofrecido al rey Filipo. El caballo es tan bravo que no permite que nadie se le acerque. Filipo está a punto de renunciar a su compra cuando Alejandro lo encara y lo monta. A partir de aquel momento Bucéfalo sería su caballo.

En el 336 Filipo es asesinado por Pausanias cuando se celebraban los esponsales de su hija Cleopatra con el rey de los molosos. La mano oculta del asesinato sigue envuelta en misterio. Se habla de la madre de Alejandro y esposa repudiada de Filipo, Olimpia. Incluso se especula acerca de si el príncipe, sin ser parte activo, no estaría informado de las intenciones de su madre, dejando hacer.

En cualquier caso, con veinte años un joven dominado por un inconmensurable afán de gloria, no de riquezas, es proclamado rey de Macedonia. Había sido su padre Filipo el responsable de que Macedonia fuese una potencia regional, hay que reconocerlo, controlando a los bárbaros del norte y haciéndose respetar con brutalidad por las siempre inquietas polis griegas. Éstas se sublevan, encabezadas por Tebas y por Atenas, cuando se enteran de la muerte de Filipo. Alejandro las derrota y se muestra cruel por momentos. Arrasa Tebas pero perdona a Atenas, donde enseñaba su preceptor Aristóteles.

Lo que ocurre a continuación deslumbró a sus contemporáneos y nos sigue deslumbrando a nosotros. Alejandro continuó con los preparativos de la campaña contra Persia, planeada inicialmente por Filipo. Penetró en Asia en el 334 a.C. y derrotó en varias ocasiones al ejército comandado por Darío III, rey de los persas, quien llega a huir escondiéndose y abandonando su tienda real (en la que se encontraba su familia). En el 332 toma Jerusalén y penetra en Egipto. En el oasis de Ammón, en el desierto de Libia, el sacerdote, al verlo, lo cree hijo de Zeus, otorgándole el título reservado a los faraones. Por las mismas fechas funda la ciudad de Alejandría (pocos años después serán más de cincuenta las ciudades fundadas por Alejandro bautizadas con su nombre), en la costa egipcia.

En la primavera del 331 se lanza hacia el corazón de Persia, atravesando Babilonia. Darío lo intenta por última vez en la llanura de Gaugamela. Tras la derrota persa, Darío sería asesinado por los suyos. Alejandro continuó su marcha sobre las montanas de Irán. Sometió Partia, Hircaria, Aria, Sogdiana y Bactracia y luego penetró en el valle del Indo. Había llevado a su ejército más allá de los confines conocidos, a una región de la que el mundo griego tenía apenas leves referencias (en gran parte en forma de leyendas) suministradas por algunos comerciantes y viajeros. Pero los hombres de Alejandro se amotinaron, agotados por el avance y deseosos de regresar a sus casas.

Alejandro había cambiado. Mientras avanzaba de victoria en victoria, algunos cambios lo hicieron parecer odioso a ojos de los griegos. Dejó de ser un caudillo y se convirtió en rey supremo. Modificó su corte incorporando elementos orientales. Creó en torno a su persona una mitología llena de elementos dionisíacos y ritos persas. Se hizo adorar como un semidiós, exigiendo la postración ante su persona o la condena a muerte. Y los griegos, perplejos, orgullosos, sabiendo que por muy magno que fuese Alejandro seguía siendo un mortal, antes elegían la muerte que el arrodillarse ante el gran hombre.

Lamentablemente para Alejandro no mucho más tarde se demostró que no era un dios. Unas fiebres, al parecer, se lo llevaron en Babilonia, donde había establecido su corte. No había cumplido la edad de Cristo y tenía en mente acabar de conquistar el mundo. Se fue joven pero su hazaña inigualable perdurará por los siglos de los siglos. ¿Y no tendría al fin y al cabo algo de divino ese muchacho?

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