Arthur Rimbaud, poeta francés

Arthur Rimbaud

Arthur Rimbaud, Friedrich W. Nietzsche y el autor de esta crónica comparten signo zodiacal: los tres son Libra. Simple casualidad o designio de la conjunción astral, al menos entre los dos primeros hay unos significativos rasgos comunes que, paradójicamente, sirven para acentuar aquello que los diferencia. Nos referimos aquí, claro, solamente al ámbito de lo biográfico. Pero hoy nos hemos citado con Rimbaud, otro día quizá recordaremos al gran filósofo alemán.

Arthur nació en Charleville, NE de Francia, el 20 de octubre de 1854. Su padre, capitán del ejército, era hombre aventurero y sociable, de carácter blando y bastante descuidado para con los hijos. Un día, siendo Rimbaud todavía niño, salió de casa para no volver. A la madre nos la suelen presentar como una mujer estricta y rigurosa, rígida en las costumbres, piadosa. Sin duda, fue su firmeza lo que le permitió mantener el estatus pequeñoburgués de la familia a pesar de (o tal vez gracias a) la huida del marido.

Arthur fue un preadolescente (casi) prodigio. Era uno de los empollones oficiosos del instituto de Charleville. Rubito, de ojos azules, muy serio, engalanado con la chaquetita y los pantalones cortos, debía resultar odioso a muchos de sus compañeros. Existen testimonios de que al menos lo era para varios de sus profesores. Otros, sin embargo, lo adoraban.

Con quince años la literatura grecorromana no tenía secretos para él. Conocía de memoria las obras de los autores más reputados. Dominaba de tal manera los tropos literarios y retóricos utilizados por los poetas que parecía de lo más natural suponer que aquel rapaz había salido hablando latín del mismo seno materno. Recibió precisamente distintos premios de composición en dicha lengua clásica, premios en los que competían los bachilleres de toda Francia. Los rectores del instituto de Charleville, incluso alguna autoridad local, le pronosticaban, a este fénix (mejor sería decir monstruito) de las letras, un futuro de laurel y de gloria. No sabían la razón que tenían…y lo equivocados que estaban.

Porque algo empieza a cambiar en nuestro joven protagonista. Aún no ha cumplido los dieciséis años. Un demonio le crece por dentro, rezongan las pluscuampiadosas almas del vecindario (NB: la madre, según parece, no se escandaliza de ese modo; en todo caso, mantiene su rictus adusto, serio, aislado, incluso cuando sorprende a su hijo con lecturas poco apropiadas a su edad…¡como Los Miserables de V. Hugo! Esta severa mujer, que se hizo a sí misma al tener que sostener ella sola una familia numerosa, no debía creer demasiado en demonios, pese a su asistencia dominical a la iglesia, y desde el primer momento muestra una dureza estremecedora), se ha vuelto loco, exclaman otros ante las primeras extravagancias del muchacho.

Eso que no han visto nada. Rimbaud está a punto de entrar en un estado de ebullición único en la historia de la literatura, y que lo conducirá desde el rigor formal y estático de gramáticas muertas a la violenta conquista de la poesía del futuro, atravesando un acelerado devenir en el que las etapas se van creando, quemando, reinventando, cada vez a una mayor velocidad. En el curso de apenas cuatro años se decide el destino del arte en el siglo veinte. En el curso de apenas cuatro años, Rimbaud, un mocoso estirado y tímido, experimenta en carne viva tres milenios de historia…

No se pierdan el segundo capítulo de esta biografía, «El temprano final de Arthur Rimbaud«.

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