Solimán el Magnífico, sultán otomano

Soliman el Magnifico

El Imperio Otomano ha sido uno de los más temidos regímenes que han dominado buena parte del mundo. Desde el siglo XIV al XVI mantuvo en jaque a occidente, temerosos éstos de una posible invasión que finalmente quedó a las puertas de Viena cuando todo estaba a su favor.

Sus origenes se sitúan en la Anatolia Occidental cuando la decadencia de los turcos selyúcidas favorecieron la expansión de los musulmanes. Auspiciados por Utmán I, su fundador, fue con Mehmet II, conquistador de Constantinopla en el año 1452, y con Solimán el Magnífico, con quienes alcanzaron su máximo esplendor.

Suleimán nació en Trebisonda (Turquía) el 6 de noviembre de 1494 según algunas fuentes y era hijo de Selim I a quien sucedió en el trono otomano en el año 1520. Ya a muy temprana edad, con solo 7 años, fue enviado a Estambul, donde en el Palacio de Topkapi comenzó su formación en ciencias, literatura, teología y tácticas militares. Diez años más tarde, con 17, se convirtió en gobernador de aquella provincia, Estambul, y más tarde de Sarukhan (Manisa), una región conflictiva por la presencia de los bandidos y necesitada de un justa legislación. Fue aquí donde fortaleció sus dotes de mando y donde adquirió el título que le daría fama, “Kanuni” (legislador) pues dotó a la ciudad de las leyes y el orden necesario para su administración.

Con 26 años, al fin, Solimán llegaría al trono, siendo nombrado Sultán del Imperio Otomano. Era el año 1520.

Sus conocimientos de tácticas militares lo llevaron a expandir el Imperio en tres frentes: por el este hacia el Imperio Persa chiíta, por el sur hacia el Mediterraneo y por el oeste hacia Europa, donde se encontraría con el Imperio Austro-Húngaro de los Hagsburgo.

El viejo continente se encontraba sumergido en un largo enfrentamiento entre austríacos y franceses, lo que permitió a Solimán terciar en la sucesión de la corona húngara en favor del voivoda transilvano Juan Zapolya, frente a Fernando de Hagsburgo. La búsqueda de aliados en la oposición de la corona austrohúngara que le permitiera adentrarse en territorio europeo le llevó hasta las puertas de Belgrado que acabó conquistando en el año 1521. Resultó vencedor de la batalla de Móhacs de 1526 en la que murió Luis II de Hungría y finalmente entró en la capital húngara, Budapest, en el año 1529. Frente a él, sólo la capital austríaca, sitiada, se oponía. El Imperio Otomano, con Hungría dominada, se convertía así en el más fuerte imperio oriental.

Su aliado, Juan Zapolya, fue colocado en el Gobierno de Transilvania, Solimán recibió la Gran Llanura Húngara mientras Fernando I de Hagsburgo reclamaba para sí el trono de la Hungría Real que comprendía a Eslovaquia, Croacia Occidental y los territorios adyacentes.

Sin embargo, Viena se convirtió en el talón de aquiles de los otomanos. Por dos veces, en 1529 y en 1532, los turcos fueron rechazados, aunque sobre todo en el segundo caso, debido al mal tiempo que les obligó a dejar atrás material bélico que les hubiera resultado esencial. Europa, así, podía respirar tranquila.

En Asia sus enfrentamientos con los persas lo llevaron a conquistar Bitlis y luego Tabriz en el año 1533 con unas tropas lideradas por Ibrahim Pasha, su mano derecha. A él se unió en el año 1534, y juntos entraron en Bagdad convirtiendo a Suleimán en el gran líder del mundo islámico. La segunda campaña en territorio asiático la llevó a cabo en los 1548 y 1549 con el firme propósito de derrocar al fin al Shah de Persia, sin embargo, y salvo algunas victorias que lo llevaron a tomar Azerbaiyán y Georgia, los resultados no fueron los esperados. Finalmente, su tercera y última campaña contra el Shah lo llevaría al mismo corazón de Persia, a cruzar el Eufrates y a tomar partes del imperio persa. El Shah, cuya estrategia había sido en las tres campañas huir y provocar que los otomanos se enfrentaran a las duras condiciones climatológicas y geográficas del lugar para debilitarlos, firmaría un acuerdo con Solimán por el que éste dejaría de hostigar a los persas pero con el que los otomanos aseguraban Bagdad, Mesopotamia inferior, las desembocaduras del Tigris y Eufrates y parte del Golfo Pérsico, además del litoral de Yemen y parte de Omán.

En el Mediterráneo, Solimán contó con un excepcional comandante, Khair ad Din, al que en Europa conocían como Barbarroja. En sus manos recayó la misión de igualar el poderío naval que evidenciaban las fuerzas occidentales de Carlos V cada vez más cerca de la costa oriental. Buscó para ello la alianza con Francisco I de Francia, natural enemigo de Carlos V, y con él derrotó a las tropas españolas en la batalla de Preveza, en 1538, con lo que Solimán se aseguraba el control del Mediterraneo Oriental en los siguientes años.

Recuperaron parte del este de Marruecos, además de los estados de Tripolitania, Túnez y Argelia que pasaron a ser provincias otomanas, y lugar donde se desarrollaron las principales batallas entre españoles y otomanos. Durante años los enfrentamientos tuvieron lugar en estas aguas, unas veces con aliados franceses y otras en solitario. Incluso hubieron de llevar a cabo una nueva campaña, esta vez en Malta, contra los caballeros templarios quienes se habían asentado en la isla tras huir de Oriente. En 1565 sitiaron Malta durante casi cuatro meses, pero finalmente, de nuevo las tropas españolas de Carlos V acudieron en auxilio de los Caballeros de la Orden de Malta.

En 1566, el día 6 de septiembre probablemente, y de nuevo en Hungría, donde quiso retomar la batalla, Solimán fallecía víctima de la peste.

Desaparecía así el gran sultán, aquel quien más hizo por el engrandecimiento del Imperio Otomano, el “Kanuni”, el gran legislador para los orientales, el Magnífico para los occidentales. Una figura prominente de la política mundial de los siglos XV y XVI.

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