Katharine Hepburn, una rebelde encantadora

Katharine Hepburn

Talento, belleza, elegancia, rebeldía, pero sobre todo, carácter. Katharine Hepburn era de esas personas que cuentan con un magnetismo especial, con un espíritu indomable que facilmente calaba a quien la veía; con una capacidad de superación que trascendía el celuloide y que te hacía partícipe de sus actos y sentimientos. Pocos conseguirían lo que ella consiguió: ganarse el favor de todo el público con sus grandes interpretaciones al año siguiente de rodar su primer película en Hollywood. Nadie ha conseguido lo que ella: ganar cuatro Óscar de la Academia como actriz principal, logro que nadie ha logrado superar. Nadie representa al séptimo arte como lo ha hecho ella durante tantos años.

La aristocracia de su porte lo llevaba en su sangre. Nacida el 12 de mayo de 1907 en Hartford, en Connecticut, en una familia llegada a Estados Unidos a bordo del Mayflower, su padre presumía de ser descendiente del príncipe Juan de Inglaterra y creció acostumbrada a codearse con importantes gentes de la sociedad norteamericana y con grandes personajes de la cultura como George Bernard Shaw, con los que la familia intercambiaba frecuentes cartas.

Su padre era cirujano. De él tomó sus aires aristocráticos y su porte, mientras que de su madre adquiriría el inconformismo y la rebeldía pues aquélla se caracterizó durante años por luchar por los derechos de las mujeres y participó en diferentes campañas políticas como en la lucha contra el control de la natalidad. De hecho, Hepburn era la segunda hija de seis hermanos.

Desgraciadamente esa vida cómoda se vio salpicada por el suicidio de uno de sus hermanos cuando solo contaba con 21 años de edad.

Con solo 14 años ingresó en el Bryn Mawr College de Filadelfia, un prestigioso colegio en el que comenzaría a estudiar Arte Dramático, y tras licenciarse, justo al día isguiente de graduarse, decidió marcharse a Baltimore donde se entrevistó con Edwin Knopf, director teatral que le conseguiría su primer papel en “The Czarina“. De ahí le sobreviene el apodo de “la zarina” producto de su temperamento.

Otra buena muestra de su fuerte carácter fue cuando obligó a su primer marido, Ludlow Ogden Smith a cambiar el orden de su nombre antes de casarse pues según comentaba le parecía demasiado superfluo llamarse “la señora de Smith”.

Mientras tanto, sus trabajos en el teatro continuaron hasta que llegó su primer gran éxito en Broadway con “A warrior’s husband“, en el año 1931.

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Eso le valió para que Hollywood se fijara en ella cuando David O’Selznick, productor de la RKO, le ofreció un contrato del que, por supuesto, ella misma se encargó de negociar. Pasó a ganar de 100 dólares en el teatro a 1.500 dólares semanales en el cine.

Su primera película para el cine, “Doble sacrificio” la juntó con uno de los artistas sagrados de la época, John Barrymore, y trabajó por primera vez para el que sería su director fetiche, George Cukor, quien la dirigiría un año después en uno de sus papeles más conocidos, en “Mujercitas“. Aquel mismo año de 1933, solo un año después de haber llegado a la meca del cine, consiguió su primer Óscar como actriz principal por su interpretación en “Gloria de un día“.

Curiosamente, sus éxitos se han valorado mucho más ahora que por aquel entonces. Tanto es así que tras aquel oscar, Katharine Hepburn apenas tuvo éxito en sus siguientes películas de la década, y eso que entre aquellos títulos se encontraba alguno tan conocido como “La fiera de mi niña“. Sin embargo, el escaso éxito comercial le valió el nuevo apodo de “el veneno de las taquillas”.

Hubo de volver al teatro y no fue sino hasta lograr un enorme éxito con “Historias de Filadelfia” cuando su nombre volvió a sonar. Con los derechos de esa obra de teatro bajo su brazo, producto de un regalo de Howard Hughes, canceló su contrato con la RKO y se marchó a la Metro Goldwyn Mayer, donde rodó la versión cinematográfico junto a James Stewart y Cary Grant, y de nuevo con George Cukor como director. Fue el espaldarazo definitivo que necesitaba en Hollywood donde su nombre ya jamás volvería a apagarse.

Unida sentimentalmente a John Ford, aunque sin que nadie lo supiera hasta que publicó su biografía, temrinó por dejarlo cuando conoció a su gran amor, Spencer Tracy, con quien formó una de las parejas míticas, tanto tras el celuloide como en la vida real, de la historia del cine. Nueve películas rodaron juntos desde la primera, “La mujer del año” (1942), en la que se enamoraron, hasta la última, “Adivina quien viene esta noche” (1967) con la que ganó su segunda estatuilla. Desgraciadamente, Tracy murió pocos días después de acabar el rodaje de esta película, motivo por el que Hepburn jamás fue capaz de verla ya finalizada.

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Entre medias de aquellos 25 años rodó grandes títulos como “La costilla de Adán” (1949), “La reina de África” (1951) o “De repente, el último verano” (1959).

Su siguiente gran éxito fue al año siguiente, cuando en el año 1968 rodó “El león en invierno“, interpretando a Leonor de Aquitania, junto a Peter O’Toole y dirigida por Anthony Harvey, película con la que consiguió su tercer Oscar de Hollywood.

Alternó en los años siguientes las películas con el cine, aunque decidió apartarse de una vida tan activa como había llevado, con esporádicas apariciones públicas, producto de nuevo de su carácter, aunque aun tuvo tiempo de ganar un cuarto Oscar en el año 1981 con “En el estanque dorado” en el que hizo una magistral interpretación junto a Henry Fonda y Jane Fonda.

Dicen que durante su retiro en su finca de Old Saybrook, en Connecticut, sufrió de la enfermedad de Parkinson, aunque ella misma quiso achacarlo a una enfermedad hereditaria de las articulaciones. En sus últimos años de vida apenas salió de allí y sólo familiares y su biógrafo particular la visitaban.

Valga como detalle final de su vida el que, llámese divismo o llámese rebeldía, jamás quiso asistir a ninguna entrega de premios de Hollywood hasta que hubo de entregar un premio a un buen amigo suyo, Lawrence Weingarten, aunque eso sí, lo hizo vestida con un simple kimono negro aduciendo que aquellos premios le resultaban banales. Sus cuatro estatuillas fueron donadas por ella misma al Empire State Building.

Katharine Hepburn falleció en su finca de Old Saybrook el 29 de junio de 2003.

Para el recuerdo quedan las palabras de Frank Capra: “Hay mujeres y además está Kate. Hay actrices y además está Hepburn”.

Diva y gran señora del cine, pero sin duda, una estrella del séptimo arte.

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