Espartaco, un bravo guerrero

Espartacus

Espartaco, aquel bárbaro sencillo, convertido en esclavo, se alza ya como un símbolo de la lucha contra la opresión. Pero, ¿quién fue realmente este hombre?

Espartaco nació en una región de la antigua Tracia en el año 113 a. C. Sobre los escritos que han perdurado sobre su figura, cabe destacar los de Floro, Aplano y Plutarco, aunque los tres se muestran parcos a la hora de hablar de todo un icono de la libertad.

Lo que sí se sabe es que ingresó a la fuerza en la escuela de gladiadores de G. Cornelio Léntulo Batiato (o Vatia) en Capua. Fue auxiliar de las legiones y desertó del ejército romano.

Tras la deserción, los romanos lo buscaron y, cuando al fin dieron con él, lo capturaron, lo apresaron, lo vendieron y fue a parar a una mina de yeso hasta que el popular lanista lo adquirió para su negocio gladatorio.

Según Plutarco, la esposa de Espartaco también sería capturada y nunca se supa nada más de ella. Para los tres cronistas anteriormente citados, hablar de Espartaco era hablar de un hombre cultivado y justo en sus opiniones, pareceres y juicios.

El nombre de Espartaco fue muy sonado en las proximidades del Mar Negro y en la actualidad lo conocemos por este nombre porque fue el apodo que le pusieron reyes y caudillos tracios y cimerios (spardakoros o Spardacus).

Así pues, estamos hablando de un hombre que, debido a las vicisitudes de su tierra (Tracia era una región prácticamente autónoma) era un profesional del combate, un disidente de las Águilas Rojas de Roma.

En el año 73 a.C. y, en compañía de Crixo y Enomao, encabezó un motín en la escuela de gladiadores de Lémulo Batuto. De este modo, lograron huir 70 de los 200 gladiadores allí recluidos. Se apoderaron de un vagón de armamento y de material de combate e incluso fueron capaces de desarticular un pequeño “ejército” proveniente de Capua con el fin de apresarlos.

Estos esclavos que se veían al fin libres saquearon las campiñas de los alrededores y buscaron cobijo y refugio en un espeso bosque próximo a las laderas del Vesubio.

En respuesta, Roma puso en marcha la Tercera Guerra Servil (73-71 a.C.). El pretor G. Claudio Glabro asumió la encomienda de resolver dicho asunto y, muestra de su ineptitud, no se le ocurrió nada más ingenioso que situar su campamento frente a la guarida de los gladiadores liberados, quienes los masacraron a la primera de cambio. También lo intentó P. Varinio pero, igual que ocurrió con Glabro, sus esfuerzos resultaron infructuosos.

En el invierno del 73 a. C., debido a la falta de tropas en toda la Campania, Espartaco y sus hombres se dedicaron a saquear más villas y llevaron su fama a ciudades como Nola o Metaponto. Allí consiguieron liberar a miles de esclavos y hacerse con un ejército de casi setenta mil hombres. Fue entonces cuando el Senado comenzó a preocuparse seriamente por la situación y por el status que estaban alcanzando los ex esclavos.

En el 72 a. C., los cónsules L. Gelio Publícola y G. Cornelio Léntulo Clodiano movilizaban dos legiones con el fin de detener al ejército de esclavos. Así, mientras Espartaco vencía a Clodiano, Arrio derrotó a Crixo. Espartaco volvió a vencer a ambos cónsules en Piceno frente a Caslo Longino, victoria que los envalentó y favoreció su creciente ambición de saquear Roma. Sin embargo, Espartaco sabía que no era viable y que debía buscar una salida para sus hombres. Crixo no era de la misma opinión por lo que, el Senado, temeroso de lo que pudiese hacer el ejército de Espartaco, lo encomendó a Craso, que encabezaría ocho legiones.

Al fin los hombres de Espartaco vieron que lo más sensato era retornar a Campania. Para ello, pactó con unos piratas que los traicionaron sobornados por el gobernador de Sicilia. Craso persiguió a los insurrectos y los acorraló en la península calabresa.

Una vez más, Espartaco logró huir al lanzar una estampida de ganado por la noche contra el muro mientras su ejército lo rebasaba por el extremo opuesto. Así fue como el bravo Espartaco y los suyos llegaron a Lucania.

Craso unió sus fuerzas a las de Lúculo y Bruttio, juntando así 20 legiones (aproximadamente 120 mil hombres). Espartaco se dirigió hacia el Adriático pero cuando estaba a punto de alcanzar Brundisium recibió la noticia de que Lúculo no andaba muy lejos. Así, retornó a buscar a Craso, quien no estaba dispuesto a compartir la gloria del triunfo con el pompeyano.

La última batalla tuvo como escenario el río Sele (Silario) y en ella se enfrentaron los ochenta mil esclavos de Espartaco contra los cuarenta mil legionarios de Craso. Cuando le llevaron a Espartaco su caballo, lo sacrificó diciendo: “la victoria me dará bastantes caballos de entre los enemigos, y si soy derrotado, ya no lo necesitaré”. Aquel fue el fin de Espartaco y muchos de sus hombres, pero no de su leyenda.

Tags: ,

Imprimir


Deja tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Top