El Bosco, pintor de lo grotesco

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Si decimos Jeroen van Aeken, probablemente mucha gente no sabrá a quién nos estamos refiriendo. Estamos hablando de El Bosco, uno de los pintores más importantes de todos los tiempos. A pesar de que existen muy pocos datos sobre su vida, no faltan las especulaciones con su coqueteo con el ocultismo, especulaciones surgidas ante la complejidad de encontrar un significado a sus cuadros: se dice que El Bosco perteneció a una secta secreta e incluso se lo relaciona con los rosacruces. Leyendas aparte, Jeroen fue un artista de innegable talento.

El Bosco nació en la localidad holandesa de Hertogenbosch, próxima a Amberes, en el ducado de Bravante, en el seno de una familia de pintores. De sus hermanos y de padre aprendió lo suficiente sobre arte como para consagrarse como uno de los más grandes y más reputados pintores de todos los tiempos. Su hermano mayor, Goosen sería quien habría de heredar el taller familiar y, con él, el derecho a firmar sus obras en exclusiva con el apellido Van Aeken. A falta de un nombre con el que bautizar su propio taller, El Bosco latinizó su nombre de pila (de Jeroen a Hieronymus) y empleó como apellido un diminutivo del nombre de su ciudad natal (de Hertogenbosch a Bosch).

En el año 1840, El Bosco contrajo matrimonio con Aleyt van Meervene, una muchacha de muy alta cuna. Esta unión agilizó su integración en una cofradía religiosa, un reducido grupo de devotos de la Virgan María. En ese mismo año, le fue concedido el título de maestro, que era necesario para trabajar de manera autónoma.  Puede decirse que, exceptuando una escapada a Venecia, pasó toda su vida en Bolduque, al lado de su esposa y volcado por entero a su trabajo, al estudio y a la cofradía. Hay constancia de que el pintor holandés pagaba uno de los tributos más altos de la ciudad, por lo que se presupone que sus clientes y encargos eran numerosos. Su carrera fue meteórica y su admirable talento corrió de boca en boca, desde Flandes hasta España, donde se encuentran gran parte de sus pinturas.

Tal fue la fama de El Bosco que en 1504 Felipe el Hermoso le encargó que pintase un retablo del Juicio Final. El estilo pictórico de este artista rescataba los temas recurrentes de la Edad Media, entre ellos, la muerte. Su tema favorito, y leit-motiv de su carrera, es la debilidad humana en todas sus formas y todo lo que ésta conlleva. Se inspiraba en refranes, dichos, costumbres, leyendas… de los cuales salieron grandes obras de arte (“Los siete pecados capitales“, “La nave de los locos“, “El carro del heno“, “El jardín de las delicias“…). El Bosco destacaba por convertir las escena en un delirante, y a veces, grotesco mundo simbólico.

Por aquella época, surgieron en Europa diversos movimientos heréticos: sectas o grupos que tenían por objetivo acabar con la Iglesia Católica, que ostentaba un poder y un lujo excesivos. El Bosco no era ajeno a lo que estaba aconteciendo a su alrededor, de ahí que la mayoría de sus cuadros sean religiosos. En ellos se dilucidaba un mundo condenado, abocado al pecado, sin la más remota posibilidad de salvación. Por eso, hay quien opina que este pintor holandés fue un adelantado para su época y lo consideran una especie de visionario que pintaba para el público del futuro.

Lo cierto es que aquello ocurrió hace más de cuatro siglos y, aún así, a día de hoy, comprender la alegórica obra del Bosco no es una empresa fácil. Representante del arte de provincias, los movimientos coetáneos apenas dejaron huella en su pintura (convivió en el tiempo con personalidades de vital importancia como el pintor Durero o el polifacético y misterioso Leonardo da Vinci).

Hieronymus murió en 1516 pero la originalidad y la calidad de sus obras están llamadas a pervivir en el tiempo. El Bosco, que obtuvo el reconocimiento de los más grandes (entre ellos, Salvador Dalí) es un referente de la pintura universal.

Foto vía Mi casa es mi mundo

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