Sancho IV, la lucha por una corona

Sancho de Castilla

Sancho IV el Bravo, rey de Castilla, nació en Toledo en el año 1258. Hijo de Alfonso X el Sabio y de Violante de Aragón, fue proclamado heredero al trono de Castilla, después de morir su hermano, Fernando de la Cerda (1275). Para que Sancho se hiciese con el reinado, se hubieron de saltar los derechos de sus sobrinos, los infantes de la Cerda, derechos de los que había constancia en Las Partidas y aprobados por los reyes de Francia y Aragón.

A cambio de apoyo en su coronación, Sancho IV concedía prebendas a la nobleza y a las órdenes militares. De este modo, se libraba de la presión de aquellos que defendían a los infantes de la Cerda: no sólo tuvo que esquivar la dificultad del testamento del mismísimo Alfonso X, sino que tuvo que lidiar con Juan Núñez de Lara, señor de Albarracín, partidario de los infantes.

Por si esto fuera poco, ni siquiera la Iglesia le daba su beneplácito, pues el papa Martín IV no lo reconoció monarca ni le dispensó del parentesco matrimonial con María de Molina. Así, el controvertido rey Sancho se vio obligado a combatir a los benimerines de Fez que, desde Tarifa, sitiaron en 1285 Vejer, Medina – Sidonia, Jerez, Sanlúcar y Sevilla. Se establecieron, pues, treguas de paz.

Las reivindicaciones de los derechos de los nietos de Alfonso X iban in crescendo, por lo que Sancho IV se vio forzado a mantener consenso entre nobles y concejos ciudadanos, intentando, de este modo, poner fin de una vez por todas al control de la nobleza sobre las ciudades. Para ello, prohibió la compra de bienes de realengo respetando los acuerdos de las autoridades locales.

La situación mudó entre octubre y noviembre de 1285, plazo en el que fallecieron Felipe III el Atrevido de Francia, Pedro III de Aragón y el papa Martín IV, principales defensores de los derechos de los infantes.

Lope de Haro inició la ratificación de la neutralidad al unir el señorío de Vizcaya con el nombramiento de alférez real, la donación de castillos y el arrendamiento del cobro de impuestos (por lo tanto, de la administración de la hacienda del reino). El malestar de los habitantes de las ciudades pronto se empezó a notar, pues no veían con buenos ojos la privanza y, mucho menos, esas extralimitaciones. Además, estos ciudadanos se veían afectados por el incremento del fisco.

También la nobleza empezó a dar muestras de su descontento ya que estaba supeditada a los Haro y no tenía posibilidad alguna de acceso a cargos. Seguidores de Alvar Núñez de Lara, exigieron y consiguieron el cese de Lope de Haro.

Los nobles favorecidos por el señor de Vizcaya apoyaban a los infantes de la Cerda: renacía así el problema sucesorio. Mientras Sancho contaba con la ayuda de Portugal y Francia, así como con la de algunos nobles a los que se les anularon deudas, los derechos de los infantes eran defendidos por la nobleza separada de la Corte (entre las que se encontraba los Lara y los Haro).

La legitimidad de la corona de Sancho se vio favorecida por algunos méritos que se le achacan: consiguió un acuerdo de paz con Abenhalamar de Granada y estableció el armisticio del tratado de Monteagudo con Jaime II, nuevo rey de Aragón.

Sancho inició la reconquista de los territorios ocupados por los benimarines africanos, apoyado por Granada y la flota aragonesa. Este monarca conquistó Tarifa, punto estratégico para conquistar después el Estrecho, aunque no pudo tomar Algeciras. Como gobernador de Tarifa colocó a Alfonso Pérez de Guzmán (popularmente conocido como Guzmán el Bueno, al permitir que el infante Juan sacrificase a su hijo antes de entregar la plaza en 1294).

Sancho IV murió en Toledo en 1295, a los 37 años de edad. Su sucesor en el trono sería su hijo Fernando aunque, durante la minoría de edad del infante, su esposa María de Molina fue la reina regente.

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