Rosalía de Castro, poeta gallega

A lo largo de la historia nos encontramos con poetas buenos y poetas muy buenos. Cada lengua tiene un número determinado de éstos y de aquéllos. Pero, y sin contar con los malos, muy malos o sencillamente mediocres, como diría Bertolt Brecht todavía existe una tercera categoría: la de los (escasos) poetas imprescindibles. A tal clase pertenece (María) Rosalía (Rita) de Castro.

La vida… Rosalía nació un día de febrero de 1837 en Santiago de Compostela. Su madre era una hidalga sin grandes recursos y soltera, de manera que la identidad del padre no siempre estuvo clara, aunque hay unanimidad en señalar al sacerdote José Martínez Viojo. Sus primeros años de vida los pasaría en la aldea Castro de Ortoño, al cuidado de la familia paterna, si bien algún que otro   biógrafo niegue la mayor.

Sabemos con certeza que en 1842 está ya viviendo con su madre en Padrón y que en 1850 se traslada a Compostela, donde toma contacto con los jóvenes progresistas que frecuentaban el Liceo de la Juventud, tal como el propio Eduardo Pondal. Su vocación literaria despierta pronto y en esta primera etapa se combina con un interés por el teatro y la interpretación.

En 1856 se marcha a Madrid, ciudad en la que vivían familiares maternos, y dos años más tarde se casa con Manuel Murguía, historiador, escritor e ideólogo del galleguismo decimonónico, figura esencial en la constitución de la Real Academia Galega. Por las necesidades profesionales del marido, los Castro-Murguía vivieron en distintas ciudades de Galicia y de España, desde Alicante hasta Extremadura.

El matrimonio tuvo seis hijos, aunque Rosalía conviviese impenitentemente con la tuberculosis. Finalmente el cáncer se la llevó el 15 de julio de 1885, en la que hoy es la Casa Museo de Padrón. Enterrada en Iria, seis años más tarde la Asociación Regionalista Gallega promovió el traslado de los restos al Panteón de Gallegos Ilustres de San Domingos de Bonaval, en Compostela, a donde también irían a parar los del padre del nacionalismo Alfonso Daniel R. Castelao.

Adjetivar su obra en apenas un párrafo es empresa a no dudarlo temeraria, no porque se trate de un corpus extenso sino porque, en su brevedad, alcanza cotas de excelencia que poseen una dimensión fundacional.

Obviando el estupefaciente hecho de que su último libro en castellano (En las orillas del Sar) salva a las letras españolas de perder todo un siglo literario en medianías, sólo merced a dos libros de poemas (Cantares gallegos y Follas Novas) Rosalía crea ex nihilo una literatura gallega y en gallego como únicamente son capaces de hacerlo los más grandes (los imprescindibles). Homero para Grecia, Dante para la lengua italiana, Goethe para el alemán no están desde este punto de vista un centímetro por debajo de Rosalía, pero tampoco un centímetro por encima.

Decimos ex nihilo porque desafortunadamente el conocimiento que los miembros del Rexurdimento tenían del glorioso pasado de la literatura gallega en la Baja Edad Media era más bien inexistente.

Por otra parte, la grandeza de Rosalía se mide en su capacidad para hacer de su precaria salud una potencia y no un impedimento, una perspectiva que al recoger los ecos de los sufrimientos de todo un pueblo universal (mujeres, emigrantes, oprimidos) y enriquecerse con las notas particulares de la saudade y de sus propios dolores (muerte de hijos, cáncer, etc), lejos de la caricatura de una Rosalía melodramática e incapaz de tanto “chorar e chorar”, acaba por convertirse en una literatura de combate. Nada que ver con poesía social de ningún tipo, por cierto.

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