Giordano Bruno

En Roma hay una plaza ligeramente elíptica, muy céntrica y concurrida, en uno de cuyos focos se halla la estatua de un fraile con una capucha que casi nos impide contemplar sus ojos. Nos referimos a la plaza de Campo de’ Fiori. Allí se hizo una barbacoa humana en la intersección de los siglos XVI y XVII. La mano que prendió fuego pertenecía a la jerarquía eclesiástica, pero la carne la puso Giordano Bruno.

Giordano Bruno, escritor, filósofo y hereje, llevó la teoría heliocéntrica mucho más lejos de lo que el prudente Copérnico hubiese deseado jamás. Bautizado Filippo, nace en Nola en 1548, y tomó el nombre de Giordano al entrar en el convento de los dominicos de Nápoles. Desde muy pronto sus capacidades mnemotécnicas causaron admiración (por ejemplo, es probable que en 1569 fuese presentado al Papa Pío V, en Roma, para una demostración) cuando no espanto: con los años habrá quien sospeche que su asombrosa memoria revelaba sucias artes de magia negra cuando no un pacto con el diablo.

A los catorce años entra en el convento. Aunque aparentemente va quemando las etapas propias de una carrera eclesiástica (hasta ordenarse sacerdote en 1572) su poca ortodoxia dogmática así como su temperamento impetuoso ya se venían mostrando desde hacía tiempo. Finalmente un fraile domenico lo denuncia a sus superiores por defender teorías que la propia Iglesia consideraba heréticas. Sabiendo de los tiempos delicados que se viven entonces en materia religiosa, Bruno renuncia a los hábitos y abandona Nápoles.

A partir de entonces comienza su vida nómada. Da clases, por distintas ciudades italianas, de matématicas, gramática o cosmología. En 1579 está en Ginebra, donde se adhirió al calvinismo. Pero no fue más que un gesto formal, como medida que le posibilitase ser profesor en la Universidad. Sin embargo, sus críticas al docente de la cátedra de filosofía (y por extensión a los pastores calvinistas) al que acusaba de pedante e incompetente, lo obligará a marcharse de la ciudad a los pocos meses.

Se establece en Tolosa, en el sur de Francia, como lector de filosofía. Pero nuevos disturbios religiosos (entre católicos y hugonotes) hacen que decida subir hasta París, en 1581. Allí gana el favor del rey Enrique III, al que dedica su “De umbris idearum”. A partir de ese momento no dejará de escribir, en latín y en italiano, ya sean obras de mnemotecnia y matemáticas, ya comedias críticas o largos poemas en los que defenderá sus teorías cosmológicas.

En 1583 va a Londres acompañando al embajador francés. De esta etapa son libros tan importantes como “La cena de las cenizas”, o el “De infinito, universo et mundi”. Pero chocará, como en el resto de plazas académicas de Europa, con la filosofía de Oxford. En unas conferencias dictadas en tal Universidad, los doctores escuchan perplejos la defensa que Bruno hace del copernicanismo, que si en general ya resultaba difícilmente digerible, en labios de Bruno aparecía teñida de misticismo hermético y delirante poesía gnóstica. El escándalo fue mayúsculo.

De vuelta a París, decide emigrar una vez más, en razón de algunas polémicas nada convenientes para su situación. Llega a Wittember, en Alemania, y luego a Praga. A finales de 1588 está en Helmstedt, de la que tiene que huir. En 1591 se encuentra en Francfurt, cuando unos emisarios del noble veneciano Giovanni Mocenigo le entregaron unas cartas en las que el patricio veneciano lo invitaba a hospedarse en su casa. Así, un poco sorprendentemente, Bruno decide volver a Italia.

Pero en Venecia, su anfitrión, enfadado porque al parecer Bruno no podía o no quería enseñarle la magia a la que debía su prodigiosa memoria (según creía el noble veneciano), lo entrega a la Inquisición. Era 1592. Bruno acepta retractarse, esperando una leve condena y su puesta en libertad. Sin embargo, la situación da un giro cuando la Inquisición romana, vacilante en un principio, pide su traslado.

Pasará casi siete años encarcelado en Roma, donde es torturado y obligado a abjurar de toda su filosofía. Llegado un punto, Bruno dice basta. Cambia de estrategia y no cede. Reafirma letra por letra todo lo escrito en sus libros, acusa a los inquisidores de ser ellos los auténticos herejes y, cuando escucha su condena a morir en la hoguera, responde a los jueces desafiante: “Más miedo tenéis vosotros al emitir esta sentencia que yo al recibirla”.

El 17 de febrero de 1600 es quemado vivo en Campo de’ Fiore apartando la vista del crucifijo. Importancia capital en la resolución final del proceso tuvo la incorporación del teólogo jesuita Roberto Bellarmino, que será también protagonista en la primera amonestación a Galileo, en 1616.

Y bien ¿qué era aquello tan horrible y demoníaco que defendía Bruno para figurar a ojos de los jerarcas eclesiásticos como la encarnación del anticristo? Apenas un neoplatonismo teñido de panteísmo, una maximización de la filosofía de Nicolás de Cusa, cierto pitagorismo hermético. Sobre todo, una defensa potente y entusiasta del copernicanismo y de la teoría heliocéntrica, que lo llevaron a imaginar una pluralidad de mundos, un universo infinito y, en un rapto de inspiración, a describir nuestra tierra (mucho antes de las fotografías de satélite) como un minúsculo punto brillante y azul en medio de la inmensidad.

Bravo, Bruno, bravo.

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